Una entrevista en la eternidad de la mente

-La puerta del carro se abrió, la mano de mi acompañante me detuvo, y la realidad de nuestra situación se escurrió en el interior del carro.  El aroma de su cuerpo seguía impregnado en mi piel, confirmando las cálidas e intensas caricias, los besos empapados de pasión; a través de la puerta entre abierta el aire de la razón, que se difumaba poco a poco, me devolvió la cordura .  Cómo justificar esa historia?.-
Me dijo con un aire de culpa.  -Una historia alimentada por la lujuria y la pasión del placer. Yo quería que me toque, y él quería tocarme…  Cómo decirle que no, si mis labios se marchitaban sin besos.-
Continuaba hablando , distante y pensativa.  -Mi piel hirviendo de deseo y de una pasión acumulada, anelaba caricias y miradas, mordidas y lamidas; poco a poco se apagaba mi fulgor. Yo quería que me toque, y él, quería tocarme…-

Recuerdo como sus mejillas se sonrojaban con la memoria, con una leve sonrisa me miró a los ojos, bajó la mirada y se mordió el labio inferior; estaba un poco avergonzada. En ese instante, sentí un tren de emociones, todas jugando con mi corazón, causando un vacío inmenzo en mi interior; maldito sistema simpático. Ahora, al recordarla, me falta el aire y siento un leve vacío.

Yo quería escucharla y ella quería contarme, la incité a que continuara con su historia, le dije que no tenía porque sentirse avergonzada, que me gustaría seguir escuchándola.  Sus grandes ojos verdes, un poco inocentes, me regresaron a ver, otro sentello rojo decoró sus mejillas, se volvió a morder los labios; y mientras miraba por la ventana de mi oficina- afuera empezaba a llover-, Irene continuó con su historia.

-Me bajé del carro y me alejé lo más que pude, la magia del momento me abandonaba, pronto me siguieron la razón y la culpa.  Pero mientras caminaba de regreso al café, me ganaron los recuerdos de sus labios paseando por mi cuello, por mis hombros… Sus manos explorando mis muslos y mis caderas por debajo de mi falda; recordé como sus manos cruzaban por mi cintura, y paulatinamente, conquistaron mis senos… Los botones de mi blusa no fueron un gran adversario para sus dedos, que con prisa, encontraron mis pezones…  Mis rodillas temblaron cuando recordé su lengua explorando mi boca, deslizandose por mis labios, descendiendo por mi cuello, sus labios descansando en mis pezones, continuando su recorrido por mi cintura, y poco a poco llegando al oasis de mis caderas… Cada beso, cada caricia, cada palabra, provocaban trémulos por todo mi cuerpo.  Yo quería que me toque, y él, quería tocarme…-

-Qué pasó después?- le pregunté intrigado, su dulce voz me cautivaba. Sus cejas se juntaron levemente, su pequeña naríz se arrugo un poco, bajó sus ojos grandes y me dijo
-Yo no permití que continuara.-  Alzó la mirada, la profundidad de su alma tan visible en sus ojos, y mirándome fijamente, me dijo: -él no era mío, ni yo suya, simplemente no podía suceder.-  No lo dijo triste, ni molesta, lo dijo con firmeza, como para asegurarme que ella quería hacer lo correcto.

La entrevista de Irene, junto con otras entrevistas cortas, formaron parte de un ensayo que publiqué para una de mis clases.
Pero es la de Irene la que recuerdo mejor, y con cariño.  Para que mentirles queridos lectores, si la verdad es que durante el poco tiempo que la pude conocer, después de su respuesta, de la pasión con la que hablaba, de  la fluidez de sus gestos, la inocencia en su pasión, del humor que compartíamos, de su mente profunda, y de sus ojos infinitos, me enamoré de ella; pero ella, toda ella, ya no le pertenecía a nadie.

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